Las tres provincias récord en exportación de soja encabezan la pérdida de empresas y empleos
No es solo producto de una apuesta al Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), es un plan mucho mayor de desregulación del mercado con enfoque meramente en las actividades exportadoras. Un ejemplo claro del giro libertario a una economía meramente extractiva y enfocada en la exportación de productos primarios es el desmantelamiento productivo de tres provincias que supieron ser líderes en materia industrial, Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe –especialmente en la producción de automotores, entre otras actividades fabriles–, además de liderar la exportación de granos. Hoy, enfocados por obligación a la producción agropecuaria, el industricidio es el mayor en estas tres provincias que en el resto del país.
Estas tres provincias concentran la mayor parte de la producción y comercialización de soja de la Argentina, pero al mismo tiempo son las que registraron la mayor pérdida absoluta de empresas empleadoras durante el último año. Esta contradicción, si se podría llamarasí, es resultado del esquema económico que impulsa el gobierno de Milei. Incentivo de las actividades vinculadas a la exportación de productos primarios, que no solo no se traduce en una expansión del entramado productivo ni en más empleo privado formal, sino que las políticas complementarias de la administración libertaria la obturan.
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De acuerdo con un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), durante las últimas cinco campañas aproximadamente el 79 por ciento de la producción nacional de soja se concentró en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, mientras que esas mismas tres provincias originaron cerca del 80 por ciento de la soja comercializada. El complejo sojero, además, constituye el principal complejo exportador del país y tiene en el Gran Rosario su principal polo de industrialización y salida al exterior.
En simultánea, un relevamiento de Politikon Chaco sobre datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT)da cuenta de que enapenas un año, entre junio de 2025 y junio de 2026, desaparecieron 4.813 empresas empleadoras en Buenos Aires, 2.590 en Córdoba y 1.509 en Santa Fe. En conjunto, son 8.912 firmas menos en apenas doce meses. La comparación con noviembre de 2023 amplía todavía más la dimensión del retroceso: Buenos Aires perdió 8.437 empresas empleadoras, Córdoba 4.909 y Santa Fe 3.155. Un total de 16.501 empleadoras entre las tres provincias.
El contraste adquiere mayor relevancia porque no se trata de provincias periféricas ni de economías desvinculadas de la generación de divisas. Por el contrario, son tres de los principales territorios agropecuarios e industriales del país y concentran buena parte de las actividades que históricamente permitieron que el agro funcionara como un motor que arrastra a otros sectores: fabricantes de maquinaria, proveedores de insumos, talleres, transporte, servicios profesionales, metalmecánica, procesamiento de alimentos y una extensa red comercial vinculada a la producción.
El problema aparece cuando ese encadenamiento pierde fuerza y el aumento de las exportaciones queda concentrado en la extracción y comercialización de bienes primarios, sin que el mayor ingreso de divisas se traduzca en una expansión equivalente de la producción local. En ese escenario, una economía puede mejorar sus números de exportación y, al mismo tiempo, reducir la cantidad de empresas que producen bienes y servicios para el mercado interno y para las propias cadenas exportadoras.
El mapa de la soja y de los cierres
Durante las campañas 2020/21 a 2024/25 se comercializaron, en promedio, 40,2 millones de toneladas por ciclo. Santa Fe explicó el 38 por ciento del origen de esa mercadería, Buenos Aires el 22 por ciento y Córdoba el 19 por ciento. Es decir, las tres provincias concentraron casi ocho de cada diez toneladas comercializadas. Aproximadamente el 64 por ciento de la soja comercializada durante esas cinco campañas tuvo como destino el Gran Rosario, equivalente a unas 25,6 millones de toneladas por campaña.
La región concentra más del 80 por ciento de la capacidad de crushing de oleaginosas del país y funciona como el principal nodo agroindustrial y portuario de la cadena. El propio funcionamiento de la cadena supone una demanda de bienes y servicios que atraviesa distintos sectores de la economía. La cosecha requiere maquinaria, mantenimiento, repuestos, combustible, transporte, almacenamiento, infraestructura, servicios financieros y comerciales. La industrialización agrega plantas de crushing, producción de aceites y harinas, logística y servicios portuarios.
La pérdida de empresas en los principales territorios agropecuarios no puede analizarse solamente como un fenómeno administrativo o como el cierre de comercios aislados. Cuando desaparecen empresas en provincias que concentran la producción agrícola también se reduce la densidad de proveedores y contratistas que permiten que esa producción funcione como una cadena económica amplia.
Las producciones asociadas al agro suelen ser la industria alimenticia y aceitera (para procesamiento de harinas, aceites vegetales, pellets, lácteos, carnes procesadas y bebidas), maquinaria y tecnología agrícola (fabricación de tractores, sembradoras, cosechadoras y sistemas de agricultura de precisión), bioenergía (producción de biocombustibles) e insumos químicos y biológicos (fertilizantes, agroquímicos y bioinsumos para la sanidad y nutrición de los cultivos), entre otros.
El informe de Politikon muestra que Buenos Aires pasó de 163.679 empresas empleadoras en junio de 2025 a 158.866 en junio de 2026, una reducción del 2,9 por ciento. Córdoba pasó de 49.379 a 46.789, con una caída del 5,2 por ciento, mientras que Santa Fe pasó de 48.449 a 46.940, un retroceso del 3,1 por ciento. El propio análisis de la consultora advierte que las grandes economías pierden más empresas en términos absolutos por la cantidad de firmas que concentran, mientras que varias provincias más pequeñas exhiben caídas porcentuales superiores. Por lo tanto, el fenómeno no está limitado a las tres grandes provincias agropecuarias, aunque en ellas adquiere especial importancia por el peso que tienen en el entramado productivo nacional.
Exportar no es igual que industrializar
Una economía necesita divisas y el sector agropecuario constituye una de las principales fuentes de esos ingresos. Sin embargo, la cuestión es qué ocurre entre la producción primaria y la exportación, y cuánto de esa actividad logra permanecer en forma de producción, inversión y empleo dentro del territorio.El propio informe de la Bolsa de Comercio de Rosario muestra que la soja argentina tiene una particularidad respecto de otros productos primarios: históricamente una parte central de la producción se industrializa antes de ser exportada. La Argentina es el principal proveedor mundial de harina y aceite de soja, y el complejo sojero constituye el principal complejo exportador del país.
Esa industrialización es precisamente la que permite multiplicar los efectos económicos de la producción primaria. Una tonelada que pasa por una planta de crushing genera una actividad adicional a la del cultivo. Esa planta demanda energía, mantenimiento, transporte, servicios industriales, equipamiento y mano de obra, mientras que la comercialización de subproductos abre nuevos mercados. El riesgo de una política económica centrada exclusivamente en la ventaja comparativa primaria aparece cuando ese principio se extiende al conjunto de la estructura productiva: producir el recurso, extraerlo, cosecharlo y venderlo al exterior, mientras se reduce el espacio para las actividades que agregan valor dentro del país.
La discusión alcanza incluso a una actividad tradicionalmente asociada al entramado industrial argentino, como el agro. El campo no es solamente producción de granos. Durante décadas funcionó como una fuente de demanda para una industria de maquinaria agrícola que tiene una fuerte presencia de fabricantes nacionales y proveedores metalmecánicos. Los datos recientes muestran que ese mecanismo de arrastre atraviesa dificultades. La Bolsa de Comercio de Rosario calculó que durante el primer semestre de 2026 se comercializaron 7.907 unidades de maquinaria agrícola, un 7,1 por ciento menos que en el mismo período de 2025 y un 10 por ciento por debajo del promedio de los últimos cinco años. En términos reales, la facturación cayó 19,6 por ciento interanual y quedó 17,7 por ciento por debajo del promedio quinquenal.
La producción local de maquinaria también mostró un retroceso. Durante el primer trimestre de 2026 se fabricaron 1.138 unidades entre tractores, cosechadoras y sembradoras, un 31,5 por ciento menos que en igual período de 2025 y un 36,9 por ciento por debajo del promedio de los tres años anteriores, según datos analizados por la BCR a partir de información del INDEC. El dato contrasta con un contexto en el que la producción agrícola tiene una perspectiva positiva en términos de cosecha y exportaciones. Es decir, la mayor disponibilidad de granos y la expectativa de mayores ventas externas no están generando automáticamente un incremento equivalente de la producción local de maquinaria.







