Multitudinaria convocatoria en la Plaza del Congreso por un nuevo Ni Una Menos
En las últimas horas, la movilización del Ni Una Menos volvió a sacudir las calles del país, y Entre Ríos no fue la excepción. Miles de personas salieron a reclamar justicia por los femicidios que no cesan, en una jornada que dejó testimonios desgarradores y un análisis profundo sobre las fallas del sistema.
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Es la primera vez que Florencia decide sumarse a una marcha de Ni Una Menos y la explicación es categórica: “La comodidad de hablarlo y quejarte desde tu casa ya no alcanza”. Va a llegar más tarde a Montegrande pero quiso ir al Congreso después del trabajo. “No puede ser que para que la sociedad reaccione tiene que haber un cuerpo reventado… y de una nena porque, claro, eso impacta más que si fuera una mujer adulta”, explicó a esta emisora la mujer de 29 años. No es nueva al feminismo y cree que se ha avanzando un poco, “pero no nos pasamos 50 pueblos porque seguimos tan atrás que acá estamos, yo llamando a mis hermanas cada vez que salen para ver si están bien”. Y por otra razón, cree: “A muchos varones les cuesta cuestionarle a sus amigos o frenarlos cuando uno hace un comentario machista o se pasa en un boliche”.
“Llenaremos la calle”: el feminismo, en pie de lucha contra los que niegan violencias
El femicidio de Agostina Vera volvió a exponer algo más profundo que la brutalidad de un crimen. Entre el desmantelamiento de las políticas de cuidado, la ofensiva antifeminista y la legitimación pública de discursos misóginos, la violencia por razones de género encuentra condiciones para expandirse mientras el Estado abandona herramientas para prevenirla y perseguirla. La movilización de Ni Una Menos vuelve a poner la mirada sobre esa trama de responsabilidades.
“Una nena de sonrisa hermosa”, fue la descripción al borde de las lágrimas de la preceptora de Agostina Vera y la imagen quedó como un tatuaje a la altura del corazón de una sociedad entera. Agostina y la sonrisa que ya no iluminará nos falta en todos lados, obliga a las conversaciones a torcerse, a buscar palabras que no se hayan dicho aunque las hayamos dicho tanto. Algo se quebró con el cuerpo desarticulado de esa adolescente de 14 a la que no buscaron a tiempo, a la que no le dieron importancia, a la que pusieron en tela de juicio como pusieron a su madre porque siempre tiene que haber una “mala” para salvar a las “buenas”, para exculpar a los perpetradores que se enceguecen, se dejan llevar, son capturados por la emoción violenta, sus propias víctimas. Esas son las palabras que dijimos mil veces, tantas pero tantas que no alcanzan los once años que pasaron desde ese primer grito en las plazas públicas de todo el país para que las víctimas de la violencia por razones de género dejen de llorarse en privado porque son un problema político. Porque como Agostina, nos faltan a todos, a todas.






